sábado, 17 de octubre de 2009
-untitled-
Era difícil comprender tantas otras… a penas hace unos días –cuatro para ser precisa- todo marchaba bien. Cada quien tenía su lugar & ¡lo ocupaba! No era un mero título nobiliario de lo que estábamos hablando, era amor, era reciprocidad.
Me costaba trabajo -no se si por mi bajo nivel de intelecto o por alguna otra razón-, que todo hubiese terminado, así como cuando el mar llega a la orilla & borra las huellas que han quedado marcadas en la arena.
Sin embargo ahora entendía cómo era el sentimiento que atacaba el corazón de Jorge cuando sin razones aparentes lo abandoné. No era sencillo & yo no había creído, no era sencillo & aquella tarde en la que él me pidió ayuda yo simplemente retiré el puñal que había clavado en su garganta & me alejé.
garras
Garras de tela blanca tornasol
Rasgando todo el interior
Como flores presuntuosas de su olor
Vienen anunciando un extraño color.
De seda el telar
& de negro el cantar
Que a su hambre voraz
Yo me he de entregar
una tarde lluviosa
La tarde se nublaba cada vez más y aunque en ocasiones suele ser esto propicio para el corazón, aquel ambiente solo provocaba en el mío un sentimiento de opresión pues “él” ya no estaba conmigo, él ya no era para mi & yo teniéndolo justo en frente.
A menudo me gustaba pensar en el “quizá” & en el “tal vez”; haciendo suposiciones el tiempo pasa volando pues el cansancio no se hace presente si ni siquiera los pies en el piso se apoyan por las grandes alas que a uno le crecen.
Ahora bien, diré que aquellos pensamientos no eran más que recuerdos de momentos felices junto a “él” & que ahora dominaban mi ser por la melancolía de saberlo perdido; “él” ya no estaba junto a mi & esa era la única verdad que por ahora mis manos podían asir.
Más triste & desolador se tornó mi alrededor al salir de la casa & abordar el coche. Al mirarle a los ojos le veía con ansia & quiero suponer que no son más que delirios míos aquellos donde parecía él mirarme con la misma ansia al extremo de en ocasiones superar la mía propia.
Aquel momento en el que por fin nos hallamos solos en la parte trasera del coche, probablemente muy a su pesar & por la mera necesidad de regresar al hogar propio, sentí que mi corazón latía más fuerte & rápido que nunca, contemplé en algún momento la posibilidad de que este pudiese salir de mi pecho.
No soy persona de arrebatos & mucho menos valiente, sin embargo, en ese instante navegó por mi mente un travieso pensamiento: ¡(…) no dejes de hacerlo! Ese pensamiento insano & juguetón no me dejaba en paz & provocaba en mi un desconcierto & cosquilleo muy intenso a la par.
Ya el recorrido había transcurrido en parte, la mitad quizá. Yo sabía que en efecto, si dejaba pasar desapercibido el momento, difícilmente uno similar se volvería a presentar. El momento era relativamente propicio, pocas veces “él” & yo nos encontrábamos solos & esta era una de ellas. A pesar de estar en una metrópoli la naturaleza se estaba haciendo presente ya con la lluvia, ya con el viento, lo que reflejaba en mí una incongruente sensación de valor.
Después de tanto cosquilleo interior & un poco de coqueteo mutuo por medio de jueguitos infantiles ocurrió lo que voy a narrar no sin antes aclarar que por mi parte no hubo jamás segundas intenciones, es decir, no buscaba un te quiero ni pretendía un cumplido por su parte, mucho menos una insinuación de amor u oferta de amistad tan siquiera. Simplemente actué porque el corazón así lo dispuso.
Habíamos ya bajado del coche & mientras “él” pagaba al chofer me encontraba yo sonrojada. Es una suerte que el frío, el viento & la lluvia hayan sido tan fuertes pues así pude disimular la vergüenza que sentía.
Al momento de partir para tomar caminos diferentes fue inevitable el ya tradicional & cordial abrazo de despedida, que yo pensé, no era más que una formalidad. Resultó no ser tan forzoso para “él” pues el abrazo se prolongo, aunque para mi éste se tornó lentamente en una llaga, llaga que lastimaba por los recuerdos que perpetuaba.
Me disculpé de inmediato con “él” pues desde el día en que decidimos separar nuestras vidas prometimos no tener este tipo de actitudes afanosas.
Ahora veo que la disculpa no era dirigida a “él” sino a mi yo interior pues la intención de matar todo sentimiento de ternura hacia “él” no solo era real sino también bastante fuerte.
Esperaba yo –para ser sincera- una respuesta cortante o una petición marcada para que no se volviera a repetir la escena, pues “él” siempre ha sido un amable & respetuoso caballero, pero contrario a lo que yo imaginaba, obtuve una réplica mucho más fuerte de aquel abrazo.
Mientras jugueteaba suavemente con su oreja, murmuré lo siguiente: prometí no volverlo a hacer… pero las promesas se pueden romper, ¿cierto? A lo que recibí como respuesta: es un día lluvioso & las promesas se pueden romper. El viento sopló fuerte & rozó nuestras mejillas que se encontraban juntas, la brisa de la lluvia residía en nuestros rostros & el frío provocaba que aquel abrazo pareciera no tener fin.
Cuando menos lo imaginé & aunque debo decir que inconcientemente propiciado por mi, nuestros labios se adosaron & deshicieron en un largo & enternecedor, pero momentos después, amargo beso.