lunes, 1 de noviembre de 2010

Quisiera…

Volvernos a conocer y que me volvieras a conquistar.
Caminar por un parque y que me tomaras la mano;
Que tus manos de nuevo temblaran al sentir las mías entre las tuyas.
Que camináramos tomados de la mano y de la nada me besaras.
Que me volvieras a decir “Te amo” fijando tus pupilas en las mías.
Que platicáramos por horas, como cuando el día y la noche dejaron de existir.
Que te sonrojaras cuando te decía que me gustas.
Que aún me extrañaras.
que sin razón me llamaras por teléfono.
Que de tanto pensarme, no pararas de enviarme mensajes.
Que me dedicaras canciones cursis.
Que de tanta felicidad pudiésemos llorar de nuevo juntos.
Que nos cantáramos canciones bobas, pero hermosas.
Importarte y que me lo dijeras.
Ponerme tu camisa y sentir cómo tu olor se queda en mí.
Que soñaras conmigo todas las noches y conectarnos en nuestros sueños.
Que me abrazaras tan fuerte que sintiera que jamás nos ibamos a separar.
Que me buscaras.
Que de tanto que me extrañaras, sin avisar llagaras a mi casa o a la escuela.
Que me regalaras dos rosas y yo poder disecarlas.
Que cada veinticinco fuera especial.
Que aún sin motivos, escapáramos de la cuidad.
Que sólo existiéramos tú y yo.
Poder congelar el tiempo;
Haber podido pararlo el día que te conocí o aquel en que veíamos una película juntos.
Que las cosas y los sentimientos no cambiaran, a menos que fuera para bien.
Tenerte conmigo con una simple llamada.
Picar tu ombligo y hacerte reír.
Acostarnos en el pasto y hacerte tantas cosquillas hasta que no puedas más y llores,
Que luego me abraces y juntos rodemos dándonos un beso.
Que anochezca y no lo notemos hasta que la lluvia nos haya empapado.
Verte dormir y acariciar tu cara.
Sentir que vuelo a tu lado y que tu sientas lo mismo.
Seguir llorando de felicidad y que nunca termine.
Que los deseos fuesen profecías
Y los juramentos condenas.
Que me quisieras tanto como yo a ti.
Que fueras feliz a mi lado.
Que las cosas fueran como las digo, como un día fueron.
No tener que estar diciendo esto y no sentirme como me siento.
Volver al inicio.

sábado, 30 de enero de 2010

lo que a ella le hacía falta

Lo miraba pasar. Todos los días ella se sentaba en la orilla de la primer jardinera del patio central, se sentaba a leer, a pensar, a mirar pasar personas, a mirarlo pasar a él. Era cierto sin embargo, él no era el chico más guapo que existía en la escuela y en efecto, ella era una de las chicas más prejuiciosas que había no sólo en la escuela, sino en las nueve prepas quizá.


Podríamos decir algo similar acerca de sus amigas, eran igual de prejuiciosas. Aunque las cuatro eran hasta cierto punto hermosas, una de ellas era la única consciente de que para el amor no hay belleza que baste o sobre, que el amor es algo que simplemente llega y no hace castings de perfección.


Era ella en efecto una persona como cualquier otra, no era más bella de lo que se puede esperar en una chica promedio, aunque aquella simpatía que poseía le había permitido durante la mayor parte de su vida obtener, en cuanto a hombres se refería, lo mejor de entre ellos.


Recordaba a menudo cierto día en que un viejo compañero suyo le había pedido que aceptara ser su novia, el chico demostró su interés de todas las formas que pudo: le hacía regalos de todo tipo, le escribía cartas, le llevaba muñecos de peluche, le dedicaba canciones, pegaba carteles por toda la escuela con tal de demostrar que la quería de verdad. El chico no tenía realmente nada de malo, era por el contrario una buena persona y lo demostraba, pero ella hallábale bastante feo. Sin sentir ningún remordimiento ni el mínimo abatimiento, lo rechazó rotunda y desdeñosamente. Al escuchar él las palabras de rechazo que ella le externaba intentó mantener el aplomo y sólo contestó:


-Estuve hablando con algunos de tus amigos y todos coincidieron en lo mismo, tú jamás tendrías un novio como yo, que no sea un Adonis. Y no lo niego, no lo soy, únicamente quería una oportunidad para demostrarte lo mucho que te quiero- finalizó con la voz entrecortada su discurso.


Desde aquel día ella se convenció mejor que nunca de que no se atrevería –por ninguna razón- a tener un novio que no fuese digno de la envidia de sus amigas y más aún, de sus enemigas; eso era lo más importante pensaba ella. Así ocurrió durante los próximos tres años de su vida, llenó todos los vacíos que en ella había con los chicos guapos que la cortejaban, que por algún tiempo la pretendían y con los cuales llevaba relaciones meramente frívolas.


Inclusive ella se enamoró una vez. En una de esas tantas relaciones que había sostenido con hombres bellos, se enamoró profunda, perdidamente de uno. El chico parecía sentir lo mismo por ella, fue una etapa maravillosa de su vida, sin embargo, no era extraño imaginarse que si éste era uno de esos hombres dotados de gran belleza y que podían conseguir tantas mujeres como quisieran, la dejaría en cuanto encontrara otra mejor o cuando simplemente se aburriera.


Y ahora, ahí sentada en la jardinera hacía un recuento de su vida, de la ficticia vida que había llevado desde siempre, de las muchas falacias en las que había creído y de lo tonta que había sido otras tantas.


Ahora lo miraba pasar. No sabía por qué sentía tantas cosas al verlo y eso era lo que más la inquietaba. Él no era aquel estereotipo que ella siempre elegía, no era el rubio, alto, fornido y ojiverde que solía buscar; él era, aunque alto, de piel bastante morena, delgado y con los ojos negros, unos pequeños pero hermosos ojos negros; era como cualquier otro. Era “más feo de lo normal” decían sus amigas y “con menos clase de lo que una se pude imaginar”, sin embargo, ésta vez parecía no importarle lo que los demás opinaban.


No sabía si lo que le dolía era aquel orgullo que ahora se veía quebrantado por un tipo al que apenas conocía y con el que sólo un par de veces había cruzado palabra o era que realmente comenzaba a sentir lo que eran el amor y celos verdaderos. Él tenía novia, era una chica común, de estatura media, delgada y con cabello lacio, con ojos negros y grandes.


-No tiene nada de malo la chica- Pensaba ella. –Incluso es bonita- con un despectivo tono mental.


Era confuso este nuevo suceso, era completamente insólito, más bien. Ella estaba perpleja porque aquello era simplemente algo que jamás hubiese imaginado.


Entonces, ahora más que nunca le gustaba ir a aquella jardinera, estar ahí sola para poder mirarlo, para poder pensar en él y para poder idear la manera de acercarse a él. Sus amigas pronto lo notaron y vieron que aquello era serio, que ella estaba perdiendo la razón. Trataron de hacerla entrar en sus cabales, le dijeron que dejara ese capricho (porque estaban seguras de que no era más que eso) y que no lo molestara, que seguramente él era feliz con una novia tan ordinaria como él, pero al notar que realmente eso no era un capricho optaron por aceptarlo y asimilarlo de la mejor manera.


Y ella permanecía ahí, inmóvil, mirándolo, tratando aún de idear aquel plan que la llevara a conquistarlo, de idear algo que hiciese que él se fijara en ella y la mirara como algo más que una ex-compañera. Trataba de entender qué era lo que miraba en aquella chica a la que sus amigas denotaban como “ordinaria”, pero no hallaba la respuesta. Lo que ella no sabía era que jamás la hallaría por más que buscara, porque lo que él miraba en su novia, lo que él amaba de su novia estaba dentro de ella, estaba en la nobleza de su corazón; algo que a ella le faltaba y que no se compraba en una boutique de ropa.


Sin embargo, no se daba por vencida, ella se seguiría cuestionando, seguiría pensando aunque eso fuera en vano. Se seguiría sentando en la misma jardinera, con unos jeans nuevos y una linda blusa, un peinado sofisticado y unos tacones muy muy altos que disimularan su pobreza interna, así se disponía a llamar su atención.


Y aunque efectivamente él la miraba e inclusive, cabía la posibilidad de que la hallara atractiva, no podía sentir nada más por ella; ella no inspiraba absolutamente nada en él.


Difícilmente ella, con aquel carácter que tenía y con aquel aire de diva que solía portar siempre, se rendiría. Hallaba a aquel amor platónico realizarse como lo más bello que le pudiese pasar, lo veía de tal modo porque desde siempre, era una maestra en la idealización del mundo, de la vida.


Ella no era una mala persona, no. Era tan solo una chica con deseos de conocer el amor verdadero, ese del que tantas personas y en espacial poetas pregonaban, era lo mejor que le puede ocurrir a alguien. Y lo pretendía lograr, con él precisamente: sabía que él era de la clase de chicos que daban todo por amor, lo sabía no sólo por sus presentimientos sino por antecedentes reales y ella quería ser esa mujer, esa por la que él quisiera dar la vida.


Y estaba decidida, no se daría por vencido como hasta ahora. Seguiría mañana tras mañana sentada en el mismo lugar, viendo como él llenaba a aquella novia suya de besos y caricias, viendo cómo cada vez se enamoraba más de ella y sintiendo cómo aquel amor se encendía cada vez con más fuerza en ella. Seguiría ahí, en el mismo lugar… esperando entender por qué él jamás podría amarla.